“El Gran Simulador”

Te presentamos el primer cuento del ciclo literario mensual “El fútbol es un verso” por Ramiro Noirat. Para el comienzo elegimos “El Gran Simulador”, la historia de Martín, un habilidoso jugador con un grave problema dentro del área.

Era martes, bien recuerdo, estábamos terminando el ensayo de la Espera trágica, de Eduardo Tato Pavlovsky, esa hermosa obra de estética absurda. Sí, era martes porque estábamos con Romina, Guillermina, Vito y Gastón, los actores. Luego de esa productiva jornada teatral, cerca de las 20, ya saliendo del teatro, frena de repente un auto importado en la puerta del mismo y del lado del conductor se baja un hombre. Un hombre, bah, un adolescente con pantalones chupines, campera de cuero, zapatillas como espaciales y corte de pelo como los que se usan ahora, con las rayitas al costado. Era nada más y nada menos que el número diez de la selección, el gran Martín Godoy, quien al sacarse los lentes de sol bien europeos, con los ojos llorosos, pregunta por mí, ¿Qué quería el diez de la selección con un simple director de teatro? Me encontraba en la escena más rara que pude haber tenido en una obra, pero esto era real.

Sin achicarme le realizo el gesto que era yo y que pase al teatro. Me acuerdo que él pasó primero, ya que al cerrar la puerta me pareció escuchar un sonido a tabique roto y sospecho que era de Vito, el más narigón y futbolero del elenco, que seguro venía con papel y lapicera para pedirle un autógrafo. Al ingresar al establecimiento, y sin poder salir de mi asombro, lo invité a subir al escenario, lugar donde obviamente me sentía más seguro y, como se dice en el ambiente del fútbol, me sentía local.

Sin levantar la cabeza del piso, Godoy empezó a contarme su enrollo. El pibe era un crack pero tenía un gran problema: no podía dejar de tirarse en el área contraria al mínimo contacto. Según él, le habían sacado 22 tarjetas amarillas por simulación. Instantáneamente lo mandé al psicólogo, pero desesperado me dijo que ya había ido a psicólogos de todo el mundo, psiquiatras y hasta a un tipo de esos que hacen hipnosis con el péndulo, pero nadie jamás le pudo sacar la rara maña de tirarse. Insistía que yo era su última opción. Ya que no le podía ganar a esa reacción involuntaria del cuerpo, quería aprender a ser el mejor simulador, para que no lo venza ni su nuevo gran enemigo: la tecnología. “Existe el Var ahora, yo no puedo más con esto”, repetía el habilidoso.

Me contó que el técnico de la selección, Alberto Moso, quien llego a dirigir la celeste y blanca después de haber logrado la Copa Libertadores con Lanús, le dijo que si no resolvía ese tema no lo llevaría al mundial, aunque le doliera en el alma. Yo, a todo esto, ya me había acomodado la mandíbula cinco veces, de lo boca abierta que me dejaba su relato. Era demasiado bizarro pero importante a la vez para el pibe, que estaba angustiado. Yo había entrenado a algún que otro político para sus discursos, pero entrenar a un jugador para tirarse jamás se me hubiera ocurrido en mi vida. No me pregunten por qué, pero acepté el reto. “Ok, acepto, después hablamos de números”, solté.

El primer día de entrenamiento puse muchas sillas en el escenario y Martín, cada vez que una lo rozaba, volaba como si lo hubieran fusilado. Era muy difícil no reírse de esa bizarra situación, digna de clown. Incluso había instalado en el teatro varias cámaras para poder ver todos los ángulos, como el VAR. Fueron días intensivos de trabajo de introspección, en los cuales el crack miraba con cara rara, como de no entender sus motivos, hasta volver a lo físico. Cuando consideré que ya estaba el trabajo hecho, se lo dije y volvió a su club de Italia, del que había pedido licencia.

No supe más nada de él hasta que cierto día, al volver a mi casa del teatro, llegó el del correo con una caja que contenía pasajes para Holanda, donde se jugaba el mundial de fútbol, y entradas para los partidos. Al tener los pasaportes al día, ni lo dudé y viajé de arriba nomás.

Qué cosa loca el mundial, la gente bebiendo cerveza en la cancha, con respeto, salvo algún que otro argentino bardero. Luego de mi recorrido por la casa de Ana Frank, fui a ver los cuartos de final. Argentina contra Inglaterra, se ve que el partido era chivo, no llegaban mucho. Hasta que Martín toma la pelota fuera del área, deja al 2 en el camino y ya estando por el punto de penal, el 4 pirata, un negro grandote de apellido Jackson, lo toca. Les juro que yo fui el único que se dio cuenta que nuestro 10 se había tirado. Su cuerpo se movió lo que se tenía que mover, justo en el lugar del golpe y aledaños, conteniendo lo involuntario de otras extremidades, logrando así no delatar su acción ficticia. Trabajó la gestualidad con realismo y sutileza, evitando los clichés delatadores de la actuación. El árbitro recurrió a la tecnología, pero luego de la parafernalia del Var, que había pedido todo el público europeo, dictó la pena máxima desde los doce pasos. Los europeos puteaban en todos los colores, inglés, alemán, sueco, italiano, etc. Poco le importó al 9 argento, que le rompió el arco al arquero vestido de violeta, que ni la vio pasar. 1 a 0 resultado final, y Argentina a semifinales ante el local.

Luego del encuentro, Martín me llamó emocionado diciendo que había podido encontrar una solución a su karma.

En la semi, contra los naranjas, la cosa estaba complicada ya que a los 15 minutos los argentinos iban perdiendo 1 a 0, pero el partido era emocionante, con los arqueros como figuras, según decían los que estaban a mí alrededor, ya que poco entiendo yo de esto. Cuando faltaban 3 minutos para el final, los visitantes arrancan una jugada por derecha con el 8 que se la da al 9, que estaba como pivot de básquet, deporte que entiendo, ya que lo practiqué de pibe. Éste juega para Martín, que ingresa al área y sin medir fuerzas, se come un patadón de la san puta del número 6, Mark van der Heijden, que lo hace volar por los aires. Todo el mundo se levantó de sus asientos pidiendo la falta, pero lejos de intervenir en el asunto, el árbitro, un africano que no recuerdo el apellido, hizo el famoso gesto de “siga siga”. Obviamente la cosa terminó a las piñas, con  4 jugadores argentinos echados, el Cabezón Sotomayor, Rubén Castiler, Marcos Gómez y Ricardo Zansi. Pero bien echados, ya que fuera de sí, fueron a impartir justicia por mano propia. Si hasta el africano se comió algún que otro empujón en sus sacaditas de pecho. A todo esto, Martín se fue con 5 puntos en el gemelo derecho a causa de los taponazos del rival. Fue 1 a 0 nomás, y Argentina afuera.

Los medios hicieron terrible escándalo, la AFA pedía volver a jugar el partido, pero nada pasó.

Ahora, mientras voy en el avión a casa, ya poco importa. En 4 días se juega la final y seguro que en una semana nace un panda ojos azules en algún país desconocido haciendo que la televisión nos haga olvidar de este robo.