A más de una semana después de las elecciones legislativas, ya no vale la pena hacer un análisis por más completo que sea sobre la espalda que éstas le dieron a Cambiemos y a todo su gabinete, tanto como marca y como fuerza política. Si algo faltaba para que se terminara de afianzar la posición y la gobernabilidad del oficialismo y del presidente Mauricio Macri, sin dudas que esto terminó de darles la fuerza y la confianza que necesitaban para poder consolidar su plan de gobierno.

Y para dar pruebas fehacientes de esto mismo, no se hicieron esperar demasiado: el pasado lunes el presidente Macri anunció el advenimiento de un nuevo paquete de leyes y reformas que, si bien no han sido aprobadas por el Congreso, el mismo no presentará demasiada resistencia dado que los nuevos diputados y senadores asumirán el 10 de diciembre pasando a rellenar una porción oficialista que se veía chica en la composición del Poder Legislativo. Estas reformas abordan diferentes temas, pero existen tres ejes principales que incluyen modificaciones tributarias, laborales y en el sistema electoral.

El primero de los ejes hace referencia a los impuestos (reducción de tazas de retención de productos elaborados dentro del país y aumento de las tarifas), a la recaudación estatal y al objetivo presidencial de reducir el gasto público; todo parece indicar que esa reducción será por el lado de las jubilaciones, del empleo público y los subsidios y financiaciones a entidades públicas “poco rentables” o con “exceso de gasto”, entre ellas la Biblioteca del Senado, las Universidades Nacionales, entre otros ejemplos dados por el propio jefe de Estado en el CCK el lunes pasado.

El segundo eje es el arribo de la flexibilización laboral. La mejor forma de explicar este fenómeno es a partir de su propia designación: se le llama “flexibilización” ya que lo que hace es descontracturar la rigidez de los derechos laborales conseguidos históricamente por las protestas y luchas sociales y sindicales desde la época del presidente Yrigoyen y los enormes avances desde el Estatuto del Peón y los derechos del trabajador en el primer gobierno de Perón. Todo al olvido de un plumazo: adiós a las vacaciones pagas, a la indemnización, el tope de hasta 8 horas de trabajo, las horas extras pagas, las licencias, entre otros tantos derechos laborales que de a poco y por partes van a ir desapareciendo. Vale la aclaración de que será por partes, ya que la reforma laboral irá por todo, pero tocará las puertas de un gremio a la vez. Ya comenzaron con los lecheros. Y el tercer eje tiene que ver con la reestructuración del sistema electoral y la justicia.

A esto le podemos agregar varias cuestiones más que han sido soslayadas por los medios de comunicación, y una de las más resonantes es la aparición de un protocolo aprobado por la Ministro de Seguridad Patricia Bullrich de cómo deben actuar las fuerzas del orden en caso de arrestar a una persona miembro del colectivo L.G.B.T. en donde aclara que el efectivo que realice el arresto no sólo podrá preguntar abiertamente y con derecho a una respuesta la orientación sexual de la persona acusada, sino que podrán abrir un registro con la identidad la persona y su posterior detención por leve sospecha de cualquier actividad ilícita. Hay un apartado que realmente asusta y es en donde se hace una distinción donde queda “prohibido todo acto por el cual se inflija intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, sean físicos o mentales con el fin de obtener de ella o un tercero información o una confesión”. Esto raya en el borde de la persecución institucional, la cual no se veía desde el año 84 (año de la creación de la Comunidad Homosexual Argentina, primer órgano de lucha y visibilización de lo que hoy es el colectivo LGBT).

¿Cómo llegamos a esto? ¿De verdad está el 100 por cierto de acuerdo todo el mundo de que las cosas deben hacerse de esta manera? Bueno, la respuesta se encuentra en esa palabra que cada vez se pronuncia más bajito que es la oposición. Una oposición cuya debilidad se encuentra no en su diversidad sino en la ausencia de consenso dentro de esa misma diversidad. El Partido Justicialista le dio la espalda a Unidad Ciudadana que cada vez está más y más encerrada en sí misma y en la idea de resucitación de un peronismo que ya no es a imagen y semejanza del General, sino de su principal figura política que es la expresidente Cristina Fernández de Kirchner. El socialismo está representado muy vagamente por un puñado de diputados nacionales santafecinos que ni siquiera son socialistas de raíz, sino que son radicales devenidos al FPCyS; por otro lado, sin expresar una posible construcción de oposición fuerte, hubo un significativo crecimiento del Movimiento de Izquierda dentro del Congreso, lo cual ha sido un importante avance para el partido. Pero, aún con todo esto, el problema radica no sólo en su diferencia de ideas a futuro para el país y sus propuestas, sino también en su decreciente proporción respecto del oficialismo y su incapacidad para ponerse de acuerdo. Y como toda multitud que se pelea por la bandeja, lo que está encima siempre se derrama y cae por partes al suelo, y esto mismo es la confianza de los sectores populares y la militancia joven que se ve cada vez más desalentada. La oposición va a tener que hacer mucho para poder volver a ganarse la fe de los votantes.

Parándose frente a esta situación de borrón y cuenta nueva en una enorme gama de aristas de la sociedad argentina en materia económica, laboral y social, uno no puede ser tan ingenuo de seguir pensando que el gobierno nacional de verdad sigue la corriente de la “no ideología”. El rumbo está claro y el horizonte, por más que esté lejos, las elecciones legislativas sirvieron no sólo de catalejo para comenzar a divisar el objetivo, sino también de afianzador de aparejos de un barco que va tomando cada vez más velocidad hacia un país muy diferente. El horizonte recién está siendo divisado por el buque Cambiemos, pero la hoja de ruta está trazada y muy bien planificada.

 

Por Manuel Parola

No hay comentarios