El pasado viernes, 1° de septiembre, cerca de las 18.40, el Monumento Nacional a la Bandera comenzó a teñirse de colores. Colores celestes, colores verdes, colores de wiphala, colores de negro, blanco y rojo, colores de manifestación, angustia, de bronca y de protesta. La movilización en pedido de aparición con vida de Santiago Maldonado había comenzado con su concentración a las 17 horas en la Plaza San Martín, en Moreno y Córdoba, para luego comenzar su marcha hacía el Monumento a las 18 horas. La concentración fue absolutamente popular y masiva. Una vez más, el pueblo alzaba sus banderas políticas para gritar con palmas y cantos las injusticias que desde hace un mes no son llevadas hacia la luz del esclarecimiento.

Ése pasado viernes, el gobierno nacional tuvo su primer y más grande muestra palpable de la conciencia social de los ciudadanos y de las dimensiones políticas del caso “Santiago Maldonado”. Pasando por poderosas figuras del fútbol argentino como así también por boca de famosos periodistas, políticos y personalidades de la farándula, llegando a los trending topics de Twitter. Así como todo caso que toma importancia mediática,  Santiago Maldonado se volvió una figura de controversia: por un lado, hay personas que ven en Santiago a un joven militante de la Resistencia Ancestral Mapuche de apariencia bastante descuidada al cual se le atribuye un parentesco con un exdirigente de la organización Montoneros y un origen lejano y diferente al de los mapuches que tanto defendía aquel 1° de agosto de su desaparición, un origen radicado en provincia de Buenos Aires. Por otro lado, un grupo bastante mayor de personas ven en Santiago Maldonado un artesano joven, idealista, cuya familia que lo está buscando desesperadamente desde hace 40 días ha sido atacada y desvalorizada tanto por los medios de comunicación como por el Ministerio de Seguridad y el Ministerio de Justicia; que fue visto por última vez tratando de cruzar un río escapando de una represión por parte de Gendarmería (cuyo accionar no estaba respaldado por ninguna orden judicial que haya salido a la luz hasta el momento) y que, estando en tiempos de democracia, no se sabe nada de él. Es un desaparecido. Y esa es una palabra muy seria, con una mochila muy cargada de sombras y de malos recuerdos, si se la menciona en este país.

Una vez habiendo contextualizado esto, podemos seguir con lo ocurrido el viernes en el Monumento. Que no es menor. Ocurrió algo que en muchas marchas no ocurre, y es que todas las banderas, una detrás de la otra, llegaron juntas, sin disputar quién llegaba primero y quién último. La meta era llegar, hacerse ver. Hacer eco de lo que los había llevado hasta las escalinatas del gran barco de mármol a un lado del río Paraná. Elevar al aire la pregunta que desde hace semanas que se repiten y se repiten los argentinos: ¿dónde está Santiago Maldonado? Accediendo desde el puente que está detrás del fuego de la gloria, las agrupaciones fueron acomodándose a lo largo y ancho de las escalinatas del gran Monumento. Agrupaciones políticas, centros de estudiantes facultativos, universitarios y secundarios, estudiantes y jóvenes sin bandera alguna pero con la misma conciencia y el mismo reclamo que el resto de los presentes. Todos los colores políticos estaban allí. Todos excepto uno. Tal vez el menos esperado y el más complicado en este contexto. Tal vez esto se debe a que, en las puestas en escena, el color amarillo es considerado mufa por el folclore teatral, y no querían dar lugar a una mala pasada.

Durante este largo mes, desde la desaparición de Maldonado el 1° de agosto hasta el día de la fecha, la batalla por añadir un poco de luz a este caso ha sido ensuciada y tapada por cuestiones banales que nada tienen que ver con el tema de fondo: desvalorización de las movilizaciones, la demonización de los pueblos originarios y la puesta en duda de la centenaria lucha por el reconocimiento de sus derechos sobre las tierras vendidas a las grandes empresas extranjeras en el sur, y tal vez el detalle más grave de la coyuntura social-política nacional: la polarización partidaria generalizada. Si no preguntás por el paradero de Santiago Maldonado de alguna manera pública, sos automáticamente tachado de ser simpatizante de las ideas de derecha y del gobierno oficialista. Caso contrario, si preguntas por dónde está Maldonado, sos un “zurdo comunista que viene a proclamar el regreso de Cristina Fernández a la presidencia”. En este país ya no hay lugar para las escalas de grises o para un posicionamiento ideológico que esté entre medio de las dos mencionadas. Todo es «A» o «B». Todo es «blanco» o es «negro». O sos kirchnerista/cristinista o sos del palo de Cambiemos. Y acá, en esta lapidaria clasificación social, es donde radica el problema más grave.  Las personas han hecho de la lucha por la aparición con vida de un joven desaparecido en tiempos de democracia (cuyo caso se hizo resonante por el hecho de que fue visto por última vez siendo perseguido en una redada de gendarmería nacional) una partidización sangrienta, inhumana y desmedida. El hecho de que no se sepa nada de Maldonado desde hace un mes queda en segundo plano, opacado por esta encarnizada riña de gallos llevada adelante por peones ciegos que (seguramente ya lo deben haber adivinado) son los habitantes de este país que toman la posta de comentaristas y “cazadores de brujas” en el bando opuesto.

La búsqueda de los consensos ha sido apartada y aplastada por las ideas hegemónicas elevadas por estos dos contrincantes, y la construcción desde la argumentación y contra-argumentación parece ser algo del pasado. Lo que más preocupa son dos cuestiones: la primera es que las generaciones más chicas están creciendo con la misma visual que un caballo con anteojeras, donde sólo son capaces de ver las posibilidades u opciones que los medios de comunicación y las personas que los rodean les ponen enfrente, últimas e incuestionables, y no piensan en que puede haber una tercer o cuarta o vigésima opción si se lo mira con otra perspectiva o se toma en cuenta una palabra diferente a las más escuchadas. Y esto es aplicable a absolutamente todos los espacios en la vida. La segunda es que al tomar partido de alguna de estas opciones hegemónicas ofrecidas por las masas o medios con mayor peso político, esa “opción” pasa a ser palabra santa y grito de guerra, para luchar así contra todo aquel que no esté de acuerdo en cada punto y coma de ese discurso adoptado, dando lugar al rechazo de cualquier otra opinión y al avasallamiento del  espíritu crítico popular e individual.

Sin ir muy lejos, los medios de comunicación afines al gobierno no se hicieron esperar para publicar los ejemplos de vandalismos acaecidos durante las diferentes movilizaciones llevadas a cabo a lo largo y ancho del país para pedir por la aparición de Maldonado, mostrando así sólo los destrozos, la suciedad y la falta de enfoque de un número de personas, en comparación a los asistentes a las marchas, ínfimo. En cambio, diarios extranjeros de todas partes del mundo, hacían reproducción de la noticia de que se habían cumplido 31 días sin saber absolutamente nada de Santiago Maldonado, y también de la falta de respuesta de parte de las autoridades gubernamentales.

Hay un peligro que sigue vigente: la práctica del consenso a través del debate, el “sentémonos a discutir esto”,  es poco a poco diezmada por la peligrosa cultura del consumo desmedido de propaganda política y del egoísmo idiosincrático argentino que nos hace creer que somos amos de la “verdad verdadera”. Está en nosotros tomar la conciencia suficiente para que esta práctica no se pierda, o el único resultado posible, sería la pérdida masificada del espíritu crítico.

Sin muchas más vueltas, han sido éstas las razones por las cuales existe un gran sector de la sociedad que no ha entendido que la figura de Santiago Maldonado pasó a ser el actual símbolo de los desaparecidos en democracia, y que luchar por uno no significa que no se lucha por todos los demás. Estas son las razones de porqué se han confundido la conciencia social con el activismo político, de porqué se ha olvidado que el hecho de que una persona desaparecida, sea en el contexto que sea, es una persona que está desaparecida, y que eso en Argentina es una situación muy grave y que excede y trasciende cualquier bandera política partidaria ya sea opositora u oficialista. Estas son las razones de porqué es sano, es correcto, es consciente y es humano preguntarse dónde está Santiago Maldonado.

Por Manuel Parola

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