El décimo octavo año del siglo XXI inició con un sabor amargo para todos: tanto para la oposición que se encuentra lamiéndose sus heridas después de la sanción de la Reforma Previsional, como para el oficialismo, el cual se vio profundamente debilitado después de los sorpresivos cacerolazos que se dieron a lo largo y ancho del país.

El kirchnerismo encontró su forma de volver a tener sus 15 minutos de fama… o mejor dicho una aproximada media hora, que fue lo que duró la disertación con la que Cristina Fernández de Kirchner hizo su reaparición en la política después de jurar como senadora nacional por la provincia de Buenos Aires. Con una actitud crítica, imponente, la exmandataria hizo su debut como senadora ante la visión de muchos seguidores y muchos opositores a su figura, dejando una (varias) frase(s) a la altura de lo que las masas peronistas esperaban de ella: “voy a discutir todo porque para eso me votaron”. Contundente y eficaz a la hora de poder enardecer y dejar contentas a las masas que siguen aclamando al kirchnerismo como la salida a las actuales políticas. Sin dudas, sigue siendo CFK la principal figura de la oposición, pero sólo el tiempo dirá por cuánto más, ya que sus escasas apariciones en los medios, sus declaraciones bastante espaciadas temporalmente la una de la otra y la ausencia en sucesos tales como las manifestaciones del 14 y del 18 de diciembre, hacen que el personaje que encabeza los sectores más duros de la oposición pierda no sólo peso sino también magnetismo, a la hora de hablar de las influencias políticas. No son pocos los sectores que se escurren de Unidad Ciudadana buscando otros lugares de representación debido a estos posicionamientos que rayan en lo soberbio y que han caracterizado al partido desde la desintegración del Frente Para la Victoria.

Todo esto puede ser tomado como una somatización de la decisión tal vez interna o tal vez casual e involuntaria de no capitalizar sucesos tales como las manifestaciones populares autoconvocadas, sólo por no querer salirnos de ese ejemplo, para así afianzar la posición de los sectores opositores, que si bien el número del almanaque ha cambiado, las actitudes siguen siendo las mismas tanto de un lado como del otro del tablero.

Si hablamos del Partido Justicialista, no es menor el hecho tanto de que no haya salido ni un solo miembro del peronismo a defender a sus aliados de los sindicatos, sumado a la disgregación y falta de líderes contundentes que tiene el PJ lo cual deriva en su fragmentación. Porque, seamos francos, entre el “quiero pero no llego” de Randazzo, el peronismo de derecha cada vez más teñido de amarillo del massismo y un Lousteau que es perseguido en la calle por el solo hecho de cumplir con su deber de funcionario público a la hora de dar quórum en el Congreso, surge  a las claras que no sólo el peronismo necesita de una reunificación para poder seguir siendo una oposición seria, sino que además deberá ajustar sus políticas y sus discursos para poder empezar a pensar en levantar la frente y dar contienda seria. Y por otro lado también tenemos al socialismo santafecino que se siente cada vez más derrotado, con una reforma constitucional que no sale y que muy probablemente tampoco recibirá el apoyo para que salga, sumado a que la relación entre los diputados nacionales y el gobernador Lifschitz está casi rota después de que Santa Fe firmara el acuerdo con los gobernadores peronistas y el gobierno nacional para asegurar la aprobación de la Reforma, bajo el precio de una deuda histórica con la provincia que ya se ha notificado que no será saldada en este año que entra; la reelección de Miguel Lifschitz y por tanto la subsistencia de Santa Fe como provincia socialista podría no ser otra cosa más que una idea muy bien pensada del Frente Progresista que no llegará a puerto.

Pero no todo es algodón y pervinox en la política argentina del año 2018. Cambiemos terminó celebrando el año nuevo con más de una alegría: el nombramiento por parte del The Economist como uno de los tres países destacados del 2017, debido a las políticas económicas del PRO, lo cual sin dudas hará las veces de paño húmedo sobre la imagen del país y refrescará las ganas del oficialismo del arribo de nuevas inversiones extranjeras, las cuales todavía parecen no asomar; el suspiro de aire fresco que les dio la aprobación de la Reforma Previsional les abrió muchas expectativas en cuanto a sus intenciones de poder redistribuir el dinero destinado al gasto público como les “aconsejó” el FMI al gobierno nacional, ya sea para el pago de deudas prontas a caducar como así también el beneficio de viejos sectores amigos como lo es la industria sojera, la cual se les ha reducido las retenciones de un 35% en 2015 para llegar a un 18% en 2019 (lo cual se traduce en un estimativo de pérdida de 1039 millones de dólares para el Estado).

Pero la carta maestra no fue presentada sino hasta que el famoso trío de monarcas iraníes no hubieran pasado con sus camellos a comer el pastito y el agua, y ya estuvieran lejos: la eliminación de la ley de Emergencia Económica, vigente desde el gobierno de Duhalde en el 2002. El nombre de la ley desde ya es agresivo, así como la situación en la que fue sancionada (con una pobreza del 49,7% y un desempleo del 40,2%). Esta ley lo que hacía era otorgarle poderes especiales al Poder Ejecutivo, como la de establecer el sistema que fija el tipo de cambio entre el peso y las divisas extranjeras, como el dólar y el euro, y la posibilidad de fijar retenciones a la exportación de hidrocarburos, establecimiento de tarifas,  renegociar los contratos de servicios públicos a manos de empresas privadas y regular los precios de la canasta básica.

Sin dudas que este cambio significará un antes y un después en materia económica, ya que se le ha dado al mercado nacional una libertad de la que no se sabía desde hace 20 años en el país. Pero lo que más eco ha hecho no son las consecuencias de la Ley de Emergencia Económica en sí misma, sino la espectacularidad de un titular de diario que diga “Argentina salió de la Emergencia Económica”. Pocas cosas remontan tanto el entusiasmo de las poblaciones como el hecho de “salir de una emergencia”. El final de esta ley estaba predicho desde septiembre del año pasado, pero le ha calzado como anillo al dedo a Cambiemos. Luego de la aprobación de la reforma previsional y las escuetas palabras que dijo el presidente Macri el día siguiente de la sesión del Senado, la imagen del presidente se había visto desmejorada de una manera muy significativa, resultando también de la notificación de nuevos despidos en los sectores obreros, iniciando el año con casi 3000 nuevas cesantías.

Por más que a la mona la vistan de seda, la situación sigue siendo bastante desalentadora, dada la cantidad de aumentos habidos y por haber solamente en esta primera parte del año en materia de insumos, las medicinas prepagas, los combustibles y los impuestos de recursos básicos como lo son la luz, el agua y el gas. Y el hecho de que un lunes el Jefe de Estado le afirme a la población que “no quiere endeudar a sus hijos y nietos” y ese mismo viernes el dólar suba a su cumbre record, para luego bajar y volver a subir otra vez, sólo hace que la confianza de los sectores populares sobre el gobierno nacional esté cada vez más frágil. Ya no solo pensando en las políticas sociales y económicas, sino en la capacidad de Cambiemos de poder llevar a buen puerto el país, en una situación en donde, como bien dice el dicho, los sectores medios no están pudiendo “sacar la cabeza de debajo del agua”. Ha comenzado la segunda mitad del gobierno de Mauricio Macri.

Por Manuel Parola

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