La semana pasada, sin penas o glorias, una abrumadora mayoría de los medios de comunicación soslayaron el centenario de un evento que significó un antes y un después para al menos un tercio de la población mundial y que cambiaría el curso de la historia moderna para siempre: la Revolución Rusa de Octubre, el 8 de noviembre de 1917. Y es inevitable usar la palabra “soslayar” ya que deliberadamente se trata de un reflejo de los tiempos que hoy día corren, en donde las ideas de izquierda no sólo son piantavoto y antipáticas para un muy importante sector de la  sociedad sino que además son sistemáticamente opacadas por el clima de polarización política que hay en la República Argentina.

Si bien cabe destacar que el comunismo stalinista, maoísta y el comunismo cubano de Fidel Castro (que fue el que por más años perduró y el que más cerca estuvo de las ideas de Marx) fueron regímenes que pusieron el grito en el cielo y por sobre todo en la tierra en nombre de los derechos del trabajador obrero. Y fue en ese grito, en esa lucha, en donde se separaron diametralmente del comunismo marxista presentado en el Manifiesto Comunista, al cual quisieron llegar con garras y dientes, pero que en esa lucha de convertir la sociedad en donde estaban inmersos, sólo supieron derivarse en dictaduras sangrientas y desiguales. Pero hubo algo que los unió enormemente y fue la necesidad de cambio y la capacidad de ver que las cosas podían ser de otra manera (no por nada, Marx se encuentra en la trinidad de la Escuela de la Sospecha, estos filósofos cuya máxima era la desnaturalización de la realidad vigente). Cualidad que hoy caracteriza las luchas de los movimientos de izquierda y que a su vez es lo que los sentencia al desconocimiento de las mismas sólo por ser de izquierda por definición.

El Manifiesto Comunista, escrito entre diciembre de 1847 y febrero de 1848 por Marx y el siempre olvidado Engels, es un libro que llegó a ser best-seller en los países que componían la URSS recién 5 años después de la caída del Muro de Berlín en 1989 y que sin embargo hoy representa uno de los títulos fundamentales en materia política y filosófica, ya que, escrito en el contexto de la Revolución Industrial y la Segunda Revolución Francesa, instala por primera vez diversos temas sobre la mesa de discusión como la abolición del trabajo infantil, el reconocimiento de las deplorables condiciones de trabajo y por sobre todo la defensa de la propiedad como propiedad conjunta y no como propiedad privada; y la conciencia de clases, pensamiento que ha derivado hoy en los derechos del trabajador, el salario mínimo, las indemnizaciones, las luchas por las jornadas de trabajo más justas y decenas de derechos y obligaciones más que han sido obtenidas por los trabajadores desde el despertar de la conciencia social y las ideas socialistas. Y eso sólo hablando de la faceta marxista que atañe a los medios de producción. Marx también se manifiesta sobre una gran cantidad de otras cuestiones que tienen que ver con la unión de los pueblos más allá de sus orígenes (por eso se lo define como apátrida), a la “desnormalización” religiosa, es decir destruir la norma impuesta por las religiones las cuales sólo alientan la alienación y la separación entre los hombres; la reunificación de la familia como valor y unidad social, ya no como una unidad productiva, entre otras.

Pero trasladando todo este bello y utópico discurso (porque eso es a lo que aspiraba Marx, una verdadera utopía social-política y económica) a la actualidad nos descubrimos en un marco de avance intempestivo de lo que el pensador portugués Boaventura de Sousa Santos define como la versión más antisocial del capitalismo: el neoliberalismo, articulado con la aparición del capital financiero. Todo esto en nombre del incremento de la productividad como única llave para permanecer “integrados al mundo” (en donde lo único que vale es la cantidad de influencia que cada nación tiene o recibe con respecto de las economías más fuertes o frágiles del mundo, en un sistema capitalista cada vez más fortalecido) y en respuesta a una crisis que ha sido amasada por la lucha de los intereses en pugna entre los Estados pilares del sistema capitalista y las naciones con direcciones progresistas (las cuales son calificadas históricamente como “economías frágiles” o “tercermundistas” y automáticamente apartadas de los beneficios de estar en el sistema). Y es en estas épocas de crisis económica en donde la coyuntura no sólo política sino social y cultural empujan a los sectores más críticos de la sociedad a tendencias individualistas, y es allí donde se gestan las reacciones xenófobas que en su búsqueda de un culpable de esa situación en donde se encuentran, hayan un chivo expiatorio en el que es diferente: los inmigrantes, los musulmanes, las minorías sociales… y es también en esta escenografía caldeada donde aparecen los actos terroristas, las manifestaciones públicas, se hacen fuertes las ideas de ultraderecha y se alimentan los pensamientos binarios en donde todo es blanco o negro.

Lejos estamos como sociedad de poder llegar a esos ideales que Marx y Engels escribieron en El Manifiesto Comunista y que explotaron hacia el mundo el 7 de noviembre de 1917, a partir de la cual los camaradas contemporáneos de los bolcheviques rusos lucharon por la jornada de 8 horas de trabajo en la presidencia de H. Yrigoyen, dieron origen a varios saltos legislativos enormes como la institución del salario mínimo, el Estatuto del Peón y las indemnizaciones y el equilibrio del status quo entre el asalariado y el empleador en el primer gobierno de J.D. Perón.

Si sacamos una foto de la situación actual en Argentina, nos encontramos con un vasto campo de batalla en donde la sociedad se encuentra dividida entre aquellos que piensan que el productivismo ciego, la flexibilidad laboral y la libertad indiscriminada de mercado es la salida a la crisis económica y social que nos conflictúa hoy en día, y entre los que encuentran en las políticas progresistas una forma de salir adelante como una sociedad más justa. Lo desfavorable es que son las fuerzas políticas que enarbolan la bandera de esta última opción las que se encuentran en una desventaja política muy importante, al haber perdido la fe del 40-45% de los votantes. Si bien el restante porcentaje de la población sufragista es superior, sus inclinaciones se encuentran divididas en una oposición que no hace otra cosa que pelearse entre ellos por las migajas de lo que quedó del batacazo de Cambiemos, y que en esa situación de desidia se está preparando para enfrentarse en las futuras negociaciones por la reforma laboral, tributaria y electoral. Ante una oposición tan disgregada, sólo queda recordar las últimas líneas de ese libro que le supo dar sus primeras bocanadas de aire a las masas trabajadoras y que hoy ven en peligro la mayoría de sus derechos más importantes: “proletarios del mundo, uníos”.

 

Por Manuel Parola

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