Elecciones en Estados Unidos: la historia del mundo según Donald Trump, el mesías que va por todo

Todo se reduce a Pensilvania. De repente en los últimos dos días el mundo político estadounidense se ha puesto de acuerdo. Pensilvania es EL estado clave en las elecciones que se celebran el martes que viene. Así funciona el sistema electoral de esta venerable democracia. El candidato que gane Pensilvania, población 12,8 millones, será el próximo presidente de los Estados Unidos, población 330 millones.

Llegué esta mañana a Pensilvania en auto con mi compañero de viaje Lenny. Donald Trump llegó en avión. Lo vimos en el segundo de tres mítines electorales que protagonizó a lo largo del día, en el aeropuerto de una pequeña ciudad llamada Lancaster. Acudieron 15.000 fieles.

¡Cómo lo aman! Casi tanto como él se ama sí mismo.

Todo se reduce a Trump. Constaté lo que me dijo un ex miembro del Partido Republicano hace un par de días. Trump se ha devorado al partido. No hay banderas republicanas, ni gorras, ni camisetas, ni carteles. En las barrigas y en los pechos de los señores y señoras que lo idolatran uno lee, “God, guns and Trump”, o “Women for Trump” o la frase que ha patentado, “Make American Great Again”. Nadie más habla. Solo él.

Se sube al podio al acompañamiento de la canción “Macho man” del grupo Village People y la multitud enloquece. Bueno, ya han enloquecido. Están más apretados que en un concierto de rock, solo uno de cada diez lleva barbijo y gritan con tanto fervor a lo largo de la hora y 25 minutos que dura el discurso que la densidad de la carga viral debe ser, por utilizar una palabra que a Trump le gusta repetir, épica. Muertos por la causa habrá aquí, seguro.

Trump no será uno de ellos. No solo ha sobrevivido el covid sino que la enfermedad le ha reforzado. Digan lo que quieran de él, pero ¡qué energía! Mantiene la misma intensidad y el mismo volumen de voz de principio a fin de aquella hora y 25 minutos, casi todo improvisado, casi todo mentiras o exageraciones, pero la muchedumbre seguía cada sílaba boquiabierta o respondía con vítores, aplausos, gritos de “¡Cuatro años más!” o “¡USA! ¡USA!” o “Make America Great Again!” porque para ellos “USA” y Trump, “America” y Trump son lo mismo, indivisibles.

El estado es Trump. Ellos son Trump. Y porque Trump es “great” ellos son “great”. Trump es todo: el sol y la luna, el alfa y el omega. Tanto para ellos como para sí mismo. Por eso dice, y se lo cree de verdad, y sus seguidores se lo creen, que su victoria electoral en 2016 “fue uno de los grandes momentos de la historia del mundo”. Sí. Eso dijo. De la historia del mundo. Y se lo cree porque tal es la enormidad de su ego que, efectivamente, la historia del mundo empezó el día que ascendió al poder. Y cuando dice acto seguido que las actuales elecciones son “las más importantes de la historia de Estados Unidos” se lo cree también. Porque su futuro es lo que está en juego y su futuro es el único futuro que hay. En el mundo.

“La épica reducción de impuestos que introduje hace un par de años,” declara, “es la más grande de la historia.” No es verdad. No es la verdad objetiva. Pero es su verdad. La única verdad que él conoce. Miente pero no miente. Su verdad no es empírica, no es dos más dos son cuatro. Su verdad es absolutamente autorreferencial. Y lo es para sus devotos también. No la cuestionan porque ellos son él, porque subsumen sus personalidades en la suya.

Lo que estoy presenciando es un acto religioso. Una secta ante su mesías. Sus enemigos son por definición uno demonios. Trump hace una breve pausa en su discurso y en una gran pantalla detrás de él aparecen imágenes de su rival demócrata, Joseph Biden. Los fieles medio se ríen, medio abuchean, como niños cuando aparece la bruja en un teatro de marionetas.

Medio se ríen porqué Trump no se lo toma en serio, o eso dice. Según todas las encuestas Biden va a ganar. Pero en el mundo alternativo trumpiano semejante posibilidad no existe.

“Tenemos espíritu y entusiasmo y esto es lo más importante,” declara. Sí, los tiene pero no es necesariamente lo más importante. Si lo fuese Trump ganaría no solo Pensilvania sino los 50 estados de la Unión. Se mofa de Biden. Le llama “Sleepy Joe”, “Joe el dormilón”; Joe “el que es todo tristeza y melancolía y se pasa toda la campaña escondido en un sótano”. No toda, toda la campaña, pero Trump sí tiene razón que Biden se ha dejado ver muy poco.

La versión oficial es que Biden no quiere asesinar a sus seguidores en eventos supercontaminantes como el que estoy presenciando aquí en el aeropuerto de Lancaster; la posible versión no oficial radica en que Biden solo tiene tres años más que Trump pero parece que tuviera 30 años más. Me sugiere mi amigo Lenny, muy demócrata él, muy experto en campañas electorales, muy antiTrump, que los asesores de Biden quizá hayan decidido que cuanta menos visibilidad tenga su candidato mejor; que antes de intentar matar a Trump, dejar que se mate a sí mismo.

Algo hay en Lancaster de la masacre de Jonestown, el pueblo de Guyana donde 918 miembros de una secta estadounidense se suicidaron en 1978, siguiendo las órdenes de su profeta Jim Jones. Algo. Pero hay otra cosa también, muy diferente. Una energía triunfal. Como me comenta Lenny en un susurro, Trump no transmite en ningún momento el más mínimo atisbo de duda. Es como si realmente se creyera que es “imposible” que un “perdedor” como Biden sea capaz de derrotarle.

A mí casi me convence. Dentro de la lógica cerrada de este acto Trump es Superman. No me convence porque le he seguido con los ojos abiertos durante los últimos cuatro años y sé que es un fraude, un ignorante y un loco. Pero lo que entiendo en Lancaster que no había entendido antes es que es un fenómeno de la naturaleza. Que semejante personaje haya sido capaz de convencer no a 15.000 sino a 63 millones de personas que votasen por él en 2016, y que un número parecido votará por él ahora en 2020, tiene su perverso mérito. Trump es, a su manera, un genio. Un genio de la demagogia. Uno de los grandes demagogos de la historia del mundo.