Sube Guzmán, baja Pesce, pero el plan no aparece

La reaparición de Mauricio Macri ha sido acrítica con sus errores y funcional a la visión binaria que domina la política.

La decisión de Fernández ha sido, por fin, concentrar el manejo económico en Martín Guzmán. Esto significa, en primer lugar, que ha dejado fuera del juego al presidente del Banco Central y ha subordinado a Kulfas, Todesca y Marcó del Pont al ministro de Economía. Como todo acto de este gobierno, hay que ver ahora lo que hace y no lo que dice, que es abundante y en muchas ocasiones contradictorio y equivocado. Que Pesce siga en el Central luego de ceder el control de la política monetaria a Guzmán hay que explicarlo desde la escasez de plantel que tiene el Presidente, con algunos jugadores, como Martín Redrado, con bolilla negra de Cristina Kirchner.

Guzmán recibió la cinta de capitán y ahora tiene que animarse a pedir la pelota y mezclarse en los entreveros. Habrá que ver de qué madera está hecho y si su paso por Columbia le sirve para esta pelea de potrero que es el Gobierno. Y comprender que la brutal crisis que tiene que enfrentar está alentada por la incertidumbre y la desconfianza. Una situación que precisa certezas en el manejo del Gobierno y muestras palpables de la autoridad presidencial en la definición de políticas.

Ya se pueden extraer conclusiones de esta experiencia institucional: lo que fue una formidable herramienta electoral no sirve para gobernar. La voracidad de la crisis actual aumenta ante la percepción de un poder parcelado, en el mejor de los casos. El funcionamiento de una coalición no puede ser eficiente cuando la tensión interna paraliza la gestión o cuando la máxima decisión se debe subordinar, por necesidad o impotencia, a una determinada visión con una receta que agudiza el plano inclinado de la decadencia.

Inclusive las experiencias en las que Fernández y el kirchnerismo quisieran verse reflejados, como los gobiernos de Lula en Brasil, han construidos acuerdos con sectores productivos y financieros que permitieron darle solidez y racionalidad a su programa económico. Se dirá que Brasil no es Argentina y que Meirelles, el jefe del Central de Lula, no es Pesce. Pero el ejemplo sirve igual para ilustrar la diferencia entre el realismo político con la verborrea ideologista.

Guzmán, ahora empoderado, debe saber que no hay mucho tiempo más para ensayos a contramano con la realidad.

La reaparición de Mauricio Macri, acrítico con sus inocultables errores y dispuesto a seguir controlando su espacio, ha dado aire a los sectores más duros de uno y otro lado. Esa lógica, a la que los argentinos estamos acostumbrados, refuerza la convicción equivocada de que el triunfo de uno significa la eliminación del otro.

La reconstrucción necesita imperiosamente la restauración de la confianza, que se ha perdido, y una propuesta de acuerdo básico que sea el cimiento de una tarea en conjunto que, sin eliminar las lógicas y necesarias diferencias, sirva para intentar revertir la crisis y volver a crecer.

Antes de que sea demasiado tarde, la elaboración de un programa común es un imperativo ineludible.