Living Colour alucinó al Bioceres Arena en las Noches del Lunario

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 Potencia, ingenio y proeza musical. En casi dos horas y diez, el cuarteto newyorkino conquistó a los rosarinos en un trance sonoro que trascendió lo imaginable 

Por Lucas Rivero 

 

  La música atraviesa. No solo cuando se sacude una fibra sensible activada por la nostalgia, sino también cuando la experiencia traspasa al plano sensorial, que trasciende la materia y el raciocinio. Durante el show, cada instrumento sacude una parte del cuerpo especifica amalgamado en una vibración absoluta. Más allá de las especificidades técnicas llevadas a cabo de manera impoluta y del profesionalismo de los músicos, solidificado en una prolífica trayectoria a nivel mundial, Living Colour sabe cómo y por dónde fluir sin perder el foco. La banda encandiló con cada acorde al variopinto público rosarino que llenó el Bioceres Arena. Son pocos los que alcanzan una estridencia sonora envolvente de semejante magnitud, más allá de lo explicable. Cada uno a su manera y en su propia ley, se puede mencionar caprichosamente a Divididos o al Cuarteto de Nos como algunos de los que alcanzan en directo esa potencia. Lejos de comparativas desdeñosas, Living Colour entregó un concierto impredecible y voraz, que fue por todo o nada y con las luces concitadas en la pasión por la música.

  Erica Sativa se apoderó de la escena antes de las 21 horas como solo ellos lo saben hacer. Reticentes a la impostura y con la fuerza que define a su música, entregaron un show conciso y sin respiro. “Eso no es amor” y “Luz verde”, abrieron el set con la ovación de su tribu rosarina. “Fuera o más allá”, “No pasarán” y “Magoo” sonaron con el mismo brío poderoso de sus discos. “Inercia” pegada a “Queloquepasa”, cerraron el show dejando una adrenalina latente que palpitaba lo que se aproximaba. Los adultos mayores metaleros entendieron que la edad en únicamente un número. Con rostro de poco amigos pero a la vez afable, se mostraron reticentes a la melancolía de la nostalgia y dejaron en claro que queda mucho por cantar. Ésta vez la contemplación le ganó al reviente, canalizando la euforia y resignificandola.

  A las 22:04 con el escenario teñido de rojo, los Living Colour subieron al escenario recibidos con la respetuosa ovación que merecen las leyendas, que bendicen el escenario con una autoridad reverencial de quien habita sus propias melodías. Corey Glover como frontman y voz líder, de punta en blanco con estampa camuflada, gafas oscuras y rastas multicolor al viento, cautivó al público desde el minuto cero con los primeros versos de “Leave it alone”. Los músicos afrodescendientes tienen un swing inconfundible y voces de las que mana el encanto por decantación natural. La capacidad innata para explorar y jugar con su voz es encomiable, en fusión con sus otros tres compañeros de viaje. Ésta banda no solo fue tan influyente por predicar un mensaje de contra la injusticia social de los ochenta (y de siempre), sino también por el crisol de géneros que los transformaron en referentes de lo progresivo. Ésto se evidenció temas como “Open letter (To Landlord)” o más cerca del final en “Type”. Living Colour en una misma canción se aventura a pasar del heavy metal al reggae y de rock al soul. Quitando en innecesario corset de los géneros musicales, la banda los abarcó casi todos al mismo tiempo y sin desprolijidad. El funk y el jazz también integraron la partida junto a una ligera pátina de R&B y música gospel.

  “Middle man”, “Memories cant Wait”, la casi instrumental “Funny vibe”, y la desaforada “Go away”, continuaron el setlist dejando al público rosarino azorado. Durante el clásico “Bi”, se propició la mayor interacción y uno de los picos de asombro. Doug Wimbish desató su virtuosismo en su bojo naranja con versatilidad. También tuvo su momento en un intercambio poderoso con el público, durante “Doug hop”.  Lo bestial y lo tenebroso se encuentra en cada trazo del show, al igual que alguna pincelada de lo sublime. En un dúo de guitarra y voz se escuchó “Alleluya” de Jeff Buckley, con las luces amarillas a contraluz logrando por instantes un efecto inteligible. Se infiltraba algún acordé disonante que es igual de bienvenido, no se trata de una banda que pretenda la perfección. Luego llegó el momento de Will Calhoun, fundador del grupo, que regaló un solo de batería hipnótico, marcando la distinción entre hacer música en lugar de ruido. La colorida guitarra de Vernon Reid alcanzó su punto cumbre durante la sombría “This is the Life”, con un solo de alto impacto.

  Clásicos como “Pride” y “Glamour Boys” se sumaron a “Love rears its ugly heads” para el final de la noche. Junto a la celebrada “Time’s Up” y la infaltable “Cult of personality”, la noche parecía encontrar su punto de aterrizaje. Regresaron al escenario para una meliflua versión de “Solace of you”, con guiños reggae. La elegida para cerrar fue la recordada “Should I Stay Should I Go”, una remozada versión de The Clash. Culminado el show, algunos músicos alcanzaron mayor cercanía con sus fans. De éste modo, el guitarrista repartió púas  autografiadas a todo el que estiró la mano. Así mismo, el cantante Corey Glover bajó del escenario para saludar afectuosamente a todo el que se aproximó a la valla. Living Colour continúa haciendo música atemporal en una travesía que llega al final de cada show, pero en un movimiento incesante.

 

FOTOS: @cecicordobaph