Rata Blanca en Rosario: “El rock no sé si nos salvará, pero nos va a sanar”
El legendario grupo detonó el Bioceres Arena, celebrando durante una hora y cincuenta más de treinta y cinco años sobre los escenarios
Por Lucas Rivero
Remeras negras, letras góticas, delineador oscuro y bocas rojas. Puños en alto y dedos en cuerno evocando parte la simbología universal del rock and roll. Gargantas rasposas entonando cada estrofa, desde el fondo del Bioceres Arena con los seguidores más fieles de los primeros discos, que se tomaron impulso de cercanía aventurándose al pogo en una fusión ritual con nuevas generaciones. Todos conectadas al unísono por el vigor de una de las bandas más poderosas de América Latina. En el escenario, guitarras metálicas, alaridos estridentes, mitología y visceralidad, donde cada músico constituye una pieza imprescindible. Impertérritos frente a los avatares del tiempo, Rata Blanca siguen pisando el escenario con autoridad reverencial, desatando la euforia de toda su gente a lo extenso de casi cuatro décadas. Las hipnóticas visuales con ilustraciones digitales de trazo fino acompañaron cada tema, en fusión con un acompasado espectáculo de luces. Nada librado al azar, mucho menos el setlist. Una ‘tormenta eléctrica’, tal como se titula su último álbum de estudio, es la definición más aproximada de la experiencia que produce Rata Blanca en vivo.
Los primeros acordes de “Hijos de la tempestad”, en la distorsión inconfundible de la guitarra de Walter Giardino, produjo el estallido en un público que los recibió con el pogo inicial, que al igual que el de cierre, suelen ser más entusiastas. Sin nada que impostar ni sacrificar, Adrián Barilari con los brazos en alto hizo contacto visual directo con su gente en un estado de gracia permanente. Su voz inoxidable soltó los agudos en el mismo tono que hace décadas atrás. Walter Giardino, de larga cabellera alborotada y de gafas oscuras también, entregó los solos más osados permitiéndose explorar e improvisar con afilada experticia. El inicio vibró como una bocanada de aire fresco seguido por “Solo para amarte”, hito su primer álbum en 1988 al igual que “El sueño de la gitana”. Ambas sonaron en vivo con un solidez renovadora. Los clásicos no se hicieron rogar demasiado. “Volviendo a casa” puso a cantar a todo el Bioceres desde la primera estrofa y fue una de las más arengadas de la noche.
El tecladista Danilo Moschen envolvió al público rosarino con sus solos iniciales durante “El camino del sol” y “El beso de la bruja”, amalgamado a la guitarra de Walter Giardino alumbrados en tonos violeta. Las baladas de Rata Blanca fueron una parte crucial del show. Barilari recorrió cada extremo del escenario conectando con cada uno de los rosarinos que cantaron “Talismán” con la misma emoción que “Mujer amante”, marcando la vigencia del disco “El reino olvidado”. Una muralla de televisores vintage acapararon la pantalla de fondo en una cuidada estética. “Rock es rock” soltó nuevamente la potencia voraz de las guitarras, seguidas por “El círculo de fuego”, donde Barilari continuó desenvolviendo una capacidad vocal digna de asombro. “Días duros” marcó uno de los momentos más sombríos de un show que naufragó por una mixtura de trazos emocionales. Tras un pujante solo de batería de Alan Fritzler a modo de epílogo en “El camino del sol”, sonó por lo alto “Mujer amante”, mega hit de Rata Blanca por antonomasia. Aún así, “Guerrero del arcoíris” sigue siendo el más atesorado por los verdaderos fans. Éste tema alcanzó un aura poderosa cargada de emotividad.
Tras un breve impasse que oxígenó dando lugar a una generosa sucesión de bises, regresaron con una impredecible fusión de “Porque es tan difícil” y “Ella”, ilustrada en pantallas con una dorada serpiente rodeando cada extremo de una estatua negra sobre un fondo rojo. El power de “Rock and Roll Hotel” dio paso a “Aún estás en mis sueños”, donde Walter Giardino soltó el solo más conmovedor de la noche. El final del show estuvo en manos de una de sus canciones más emblemáticas, “La leyenda del hada y el mago”. En un pogo desatado bajo una lluvia de papeles blancos, Rata Blanca demostró que el rock no solo permanece, sino que es indestructible.
FOTOS: Ph Ligia Majul (@ligiamajul)



