El Plan de la Mariposa volvió a Rosario: “La armonía les pertenece”
Intensidad, devoción y brazos en alto. La banda de los hermanos Andersen llenaron su primer Metropolitano. Cerca de dos horas y media ante 5000 personas que desataron la catarsis en melodías de redención y resiliencia.
El “romance con el desapego” con la ciudad permanece inmarcesible y frente a todo pronóstico. La ‘correntada’ que titula el último álbum se deslizó hasta el Paraná en el fluir de miles de almas que flamearon y vociferaron un clamor de sanación. Conectados en la plenitud de aquel goce característico que únicamente producen los conciertos la fiesta se vivió intensamente. El crisol generacional es lo más impactante e inusitado que genera El Plan de la Mariposa. “Gente grande que ha vivido una banda de cosas y almas que recién comienzan su paso por ésta tierra”, señaló emocionado Sebastián Andersen al despedirse. Resulta un bálsamo contemplar en vivo a un conjunto de artistas que atraviesan a su gente de una forma tan cálida, genuina y reticente a la impostura. En un contexto donde impera la sobreinformación, el desasosiego apocalíptico consecuente a una revolución tecnológica que pareciera avanzar cual aplanadora, y también la ansiedad que va en incremento de la forma más nociva, las melodías de El Plan sobrevuelan la calma y se hacen palpables cuando son entonadas al unísono. Llenando estadios en todo el país, alcanzando un hecho canónico como presentarse en Huracán, con un álbum abrazado por sus admiradores y surfeando la ola del pleno auge.
El Plan no deja de elevarse en un vuelo incesante e impredecible, tal como lo fue el show que hizo vibrar a los rosarinos en lo extenso de casi dos horas y media. Padres e hijos, también abuelos, hermanos, amigos y desconocidos cantaron abrazados cada tema a los gritos. “Las personas absortas en la venturosa audición de una misma música son la misma persona”, apuntó Borges. Nunca mejor dicho. Entre las lágrimas y el pogo, el primer Metropolitano de la banda fue antológico, no solo por la puesta en escena y por lo impoluto del sonido, además de la proeza sonora de cada músico, sino por el arrojo de algo inusual y casi litúrgico que manaba esa conexión. La escenografía estaba meticulosamente diseñada luciendo unos en unos arcos cuadrados luminosos en lo alto. La imponente pantalla que abarcaba de un extremo los costados del escenario junto a las dos laterales que transmitían el show, mostraban unas nubes en escala cromática hacia el naranja en armonía con una espesa humareda que brotaba del fondo y se diseminaba por el público, logrando un sutil efecto inmersivo.
Una melodía a modo de mantra fue introduciendo el espectáculo y acrecentando la euforia cuando se apagaron la luces a las 21:17 horas. La banda habitúa salir a escena en horas espejo, así que a las 21:21 se apoderaron del escenario recibidos con la ovación merecida. “El ángel del 152” fue acertada para empezar para luego dar un salto con dos clásicos alegres: “Mar argentino” y “Romance con el desapego”, acompañada por el hipnótico efecto de las visuales caleidoscópicas. Desde el inicio se percibía la emoción que brotaba de los hermanos Andersen sosteniendo el aplomo y la solidez que también los define en vivo. Luego de “Serenata de una ruta larga”, el cantante saludó acongojado y contundente: “Muchas gracias por cantar así”. “Domador de sombras” regaló un epílogo extendido en el que tomaron protagonismo el piano y la batería.
Algunos temas más recientes acapararon la noche cantados con la misma efervescencia que los más conocidos. “Gigante”, “La concentración”, “El cantar de los anzuelos” dieron paso a “La vida cura”, con un brío espiritual y con un solo de violín disipando nubes negras la banda danzó en el escenario retroalimentándose de la energía del público rosarino. La tersa voz de Valentín Arndersen tomó el mando desde el extremo izquierdo del escenario para las infaltables “Ella es agua” y “Oro de abeja”, cantando en loop el impregnable coro: “te digo que este mundo se merece tu paz”. Durante “Cruz del sur” llegó uno de los momentos cumbres del show. Sebastián Andersen la interpretó con la bandera argentina en sus manos para desplegarla al final del tema dejando leer un mensaje que desató la ovación más sentida: “Las Malvinas son Argentinas”. Tras el encuentro de “Abrime los ojos” el show tomó un matiz más sombrío al son de la base electrónica de “Pulpo”, para luego mutar la penumbra en liberación enlazada con “Un mal delito entre confiar o morir”.
La voz de Camila Andersen brilló poderosa, pura y refulgente durante el trazo del show que tuvo las luces concitadas en ella. En “Abrázame” se la vio envuelta en un halo de luz amarillo entre una capa de humo, donde soltó sus cabellos con movimiento en espiral mientras danzaba al unísono de un potente solo de violín. Durante “Tesoro escondido” fue acompañada por la cantante Manu Martínez en una fusión más que lograda. Luego de “Esquina impar”, Sebastián Andersen cantó a capella y a oscuras a ‘la siembra de nuevas energías’ en un estracto de “María llena”, precediendo como preludio al momento más íntimo del show. Sentados en círculo al frente del escenario con cajón peruano, acordeón y acústicas regalaron dos versiones viscerales de “Llega llega llega” y “Entrañas”, una canción muy querida por ellos según expresaron en otras visitas a la ciudad. La conmovedora “Esquina de la sombra” dio paso a “¿Cómo decir que no?” y a los guiños funk de “Azúcar negra”. El final del show estuvo en manos de “Incandescente”, un resplandor musical que expandió el mensaje y movilizó las fibras más sensibles.
“Túnel de la vida” es una de las infaltables y elegida como primer bis. “Es por ahí” llevando su sensible melodía como estandarte precedió a “El riesgo”, sellando así un cierre definitivo a un ritual de energía expansiva. ‘Seducir a la sombra para besar a la luz’, ademas virtuoso es también necesario. Misión personal conectada con la totalidad. La música une, amalgama y trasmuta, misión que El Plan de la Mariposa continúa llevando adelante.
Lucas Rivero
FOTOS: Lucas Fonseca (@lucasfonsecaph)





