Tacos altos sobre la memoria: Barbie Di Rocco y las pioneras que ganaron el reflector
Crónica por Alejandro Horgiy
La fila avanza despacio bajo las luces de la Plataforma Lavardén. Mientras espero para ingresar a la sala, pesco una frase al vuelo. Viene de la fila de adelante, de la boca de una persona trans mayor: “Me hubiese gustado estudiar, no ser prostituta”. La frase golpea en seco. Se me hace un nudo en la garganta, pero no me sorprende: es la constatación de una realidad generacional donde la calle no era una elección, sino la única forma de supervivencia. Con ese eco flotando en el ingreso, entramos a una de esas salas mágicas, teatrales y cargadas de historia que tiene el Lavardén. La sala se llena por completo.
De repente, aparece ella. ¿Pero cuál de todas? ¿La vedette, la panelista de televisión, la columnista, la historiadora minuciosa o la escritora? La respuesta es rápida: todas juntas. Como dice el eslogan de la muñeca más famosa del mundo, «You Can Be Anything», Barbie Di Rocco es todo lo que se propuso ser, plantada sobre el escenario con la seguridad de quien sabe que la palabra es su trinchera.
Y el viaje en el tiempo arranca fuerte. La primera imagen proyectada nos lleva a 1902: el caso del «hombre-mujer» descubierto en Viedma, reflejado en las páginas amarillentas de la mítica revista Caras y Caretas. Barbie logra algo difícil: hace que la historia sea un show magnético. Va y viene cronológicamente, traza paralelismos quirúrgicos entre Europa, Argentina y Brasil, matizando el contexto con las guerras mundiales y las transformaciones sociales. Su tesis queda clara desde el inicio: estas identidades no buscaron refugio en las sombras ni en la burla ajena; encontraron su lugar de resistencia en un escenario, con un reflector apuntándoles de frente.
El archivo de los titulares cómplices
La pantalla de la Lavardén se convierte en un catálogo de la estigmatización y la fascinación mediática de la Argentina del siglo XX. Pasan los títulos de la prensa sensacionalista: “Resultaron ser hombres estas cuatro vedettes”, reza una vieja revista de espectáculos; “¿Será nena, será varón?”, ametalla un recorte del diario Crónica. El morbo de la época cruza la pantalla, pero Barbie lo desarma con datos y dignidad.
Entre los hallazgos fotográficos brilla una gema: una imagen de Mirtha Legrand posando sonriente junto a artistas trans en el camarín, justo después de finalizar un espectáculo. La popularidad las consumía como atracción, pero el teatro les daba la entidad de artistas.
Para entender cómo se construyó ese camino local, Di Rocco expande el mapa. Nos lleva a París, al mítico cabaret Madame Arthur y al internacional Le Carrousel, epicentros donde el transformismo y las transiciones artísticas desafiaron la posguerra europea. Desde allí, nos habla sobre la mítica Coccinelle —la primera gran celebridad trans de renombre mundial—, quien irradió una influencia que cruzó el Atlántico.
Al volver a tierras rioplatenses, la investigación destapa tesoros ocultos para la mayoría del público rosarino presente. Descubrimos la existencia de MUA (Maricas Unidas Argentinas), un antecedente de organización y resistencia subterránea, y nos topamos con nombres propios como el de Liliana Beatriz Vega.
El repaso por la historia del espectáculo local deja en claro que el teatro de revistas comercial también fue cómplice de este despliegue. Di Rocco rescata el rol de Alfredo Barbieri (padre de Carmen Barbieri), uno de los primeros capocómicos y directores en animarse a contratar a artistas trans para sus elencos estelares, desafiando las razzias policiales.
Arriba del escenario vs abajo en la calle
El clima de la sala cambia cuando la exposición se mete de lleno con los años setenta. Barbie lanza una frase que se clava en el auditorio como un manifiesto: “Para las trans, la dictadura empezó antes y terminó después”. La persecución, el amparo de los códigos contravencionales y los edictos policiales no necesitaron de un golpe militar para ensañarse con sus cuerpos, ni se esfumaron mágicamente con la llegada de la democracia en 1983.
En ese barro de la historia, Di Rocco rescata mitos y realidades de la supervivencia, como el rumor de aquella noche en que el dictador Alejandro Agustín Lanusse asistió a un espectáculo trans el cual, terminó otorgándoles una suerte de «protección» temporal para que pudieran trabajar e ir a sentarse a tomar algo en un bar durante las noches porteñas.
Llegando al final de la velada conecta con la cultura popular cinematográfica repasando hitos como la película Mi novia él (1975), protagonizada por Alberto Olmedo y Susana Giménez. Barbie revela un dato clave que desnudó la transfobia institucional de la época: la historia estaba inspirada originalmente en una travesti llamada Jorge Pérez (Evelyn) y estaba pensada para que ella misma la protagonizara. Sin embargo, no la dejaron filmar por su identidad trans y el filme terminó sufriendo la censura previa del Ente de Calificación Cinematográfica, que obligó a cambiarle el elenco y el título original, que iba a ser Mi novia el travesti.
Que me quiten lo bailado
El momento más emotivo de la conferencia llega con la presentación oficial del libro ¡Que me quiten lo bailado!, la biografía de Ana Lupez. En la pantalla aparece una foto de Ana junto a su madre y a Moria Casán. A Barbie le brillan los ojos y no es para menos: como investigadora y como mujer trans, sabe perfectamente el valor descomunal, casi milagroso para la época, que significaba el respaldo de una familia. El amor de esa madre y el madrinazgo de figuras populares como Moria fueron el escudo de Ana frente a la hostilidad del mundo.
Como broche de oro, Di Rocco comparte con los presentes un adelanto exclusivo de su próximo y ambicioso proyecto documental. Las imágenes confirman lo que la conferencia entera vino demostrando: estamos ante un registro único, pionero e indispensable para la memoria cultural de nuestro país.
Al terminar la charla, mientras los aplausos retumban y los presentes se paran de pie en la Plataforma Lavardén, me acerco a saludarla. Logro resumir en una frase lo que me dejó el encuentro: “Vos decís que viniste a hablar de las pioneras, y yo digo que la pionera sos vos. La primera en investigar y documentar a las primeras”. Porque mucho antes de la masividad de Flor de la V, mucho antes del magnetismo trágico y fundacional de Cris Miró, existieron ellas. Y hoy, gracias a la investigación minuciosa, detallada y profesional de Barbie Di Rocco, esas primeras que pisaron con tacos altos el suelo argentino volvieron a ganar, definitivamente, el lugar que les corresponde bajo el reflector y que la historia finalmente las reivindique.

