Andres Calamaro en Rosario: ‘Como cantor’, incorruptible y en su propia ley

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 El Salmón encendió al público rosarino con 40 años de historia en casi dos horas de hits inoxidables. De el rock al tango, del fútbol a Malvinas, y el sentido recuerdo de Rubén Rada, Melingo y Zabaletta

 “Mick Jagger cuando duerme, sueña con un público como el de Rosario”, afirmó Andrés cerca del final del show. Sentimiento y percepción sostenido a lo largo de años, ya que hace casi dos décadas cuando presentó ‘La lengua popular’ en el Complejo Municipal Parque Alem, expresó: “Creo que éste fue el mejor concierto de mi vida” y que cuando los artistas tienen el anhelo de triunfar “sueñan con una noche exactamente como ésta”.  El Salmón permanece impertérrito, con achaques de incontables batallas y su charm de rockstar, reticente tanto al olvido como al despojo. Una banda envolvente acompañó en cada trazo en un show, con un setlist complaciente para los amantes de los clásicos que ‘el cantor’ resignificó en cada sílaba. Casi todas las melodías fueron interpretadas de manera contraria a como se las conoce, así es como el artista se permitió explorar y decir cada sílaba en lugar de ser condescendiente en un karaoke predecible. Tres inmensas pantallas de última generación unidas en pliegos hacia adentro, ilustraron cada tema de forma hipnótica logrando una puesta en escena a la altura de un artista internacional que amalgama generaciones al unísono de la música y las frases que a todos nos pertenecen un poco.


‘Cargar la suerte’ y la desmesura entre lo prohibido y lo anhelado, sobrevivir a un marasmo emocional de manera taciturna o vociferarlo de la forma más explícita. Andrés Calamaro lo manifiesta con grandeza y sin pretensiones, se deja poseer pero no doblegar por su propio mito, parco y genuino dejando a la intemperie su costado más vulnerable con la sensibilidad propia de los verdaderos artistas. Nadie a quien deberle y nada que impostar, en su hábitat y de punta en total black, Andrelo ingresó a paso lento a un escenario en penumbras desatando la ovación con la que se recibe a las leyendas vivientes. A las 21:14 horas el show dio inicio con “Los chicos”, tema que también abre el emblemático álbum ‘La lengua popular’. Con un renovador brío del arreglo de vientos y la voz arenosa, el recuerdo incesante de sus ‘amigos que se fueron primero’ acarició las fibras más sensibles despertando la euforia inicial del público rosarino. Abrazando ‘la gloria bendita’ y bajando ‘al infierno un poco’, Calamaro sobrevoló el escenario con aplomo y solidez desde el primer tema, aunque el brote de inspiración más estridente aparecería cerca de la mitad del show.

  Una ráfaga de hits sucedieron sin stop desde el comienzo: “A los ojos” y “Todavía una canción de amor”, de Los Rodríguez dieron paso a Crímenes perfectos, oda al desamor en estado puro que arrancó suspiros apenas el  público la reconoció.“Mi gin tonic” y “Rehenes”, habituales en las giras de los últimos años siempre son bien recibidas por su gente. El repertorio de Calamaro es tan extenso y prolífico que es imposible en todo aspecto que todos los hits y los lados B puedan ingresar en una sola noche. En un guiño honorable a los fans de antaño sonó “Ni hablar”, perla del disco ‘Nadie sale vivo de aquí’ de finales de los ochenta. Un exquisito solo de saxo dibujó su melodía haciendo gala a la impronta de un auténtica power ballad. Una de las más coreadas de la noche fue “Loco”, con un acentuado brío funk y un caleidoscopio cuadrillé acaparando las pantallas.

  “Cuando no estás” significó el momento más movilizante del show. Andrés se tomó su tiempo para recordar a Rubén Rada, a Melingo y Zabaletta, honrando su amistad y su legado. Un respetuoso y extendido aplauso de la gente enmarcó un homenaje a éstas figuras imprescindibles y emblemáticas de la música en español. El espíritu de Los Abuelos de la Nada también sobrevoló Metropolitano en “Costumbres  argentinas” y la inoxidable “Mil horas”. La influencia de Bob Marley se disfrutó en “Te quiero igual” seguido por “Media Verónica”,  con un potente soplo melancólico de los vientos sobre el final. Calamaro recordó la obra ‘El último tango en Paris’ y al Gato Barbieri: “tiene que ser rosarino”. Éstas palabras precedieron “Jugar con Fuego”, un instante para el tango creado junto al inolvidable Mariano Mores, nada menos. Si bien el músico permaneció con guitarra en mano al frente casi todo el show, para ésta pieza sublime soltó su instrumento y se permitió recorrer el escenario de un extremo a otro.

  Frente al órgano sonó el clásico “Para no olvidar” luciendo su con gorra negra y gafas oscuras como en gran parte del concierto, agazapado y sin mostrar demasiado el rostro. “Vamos a compartir un aplauso con el rosarino ilustre Lionel Andrés Messi”, con reverencia acorde le dedicó “Maradona”, acompañada por imágenes de los goles más iconicos del Diez. Luego, el artista brindó con Rosario en “Salud, dinero y amor”. Palpitando el final, los infaltables hicieron vibrar a un Metropolitano abarrotado e intenso. “Estadio azteca”, “El salmón” con el epílogo Stone de “It’s Only rock & roll”, “Mi enfermedad” y “Alta suciedad” más cruda y distorsionada que nunca, desembocaron en la emotividad de “Paloma”. ‘Quiero vivir dos veces para poder olvidarte’, desgarraron miles de gargantas al unísono, cantando a gritos sobre el final melodías inconfundibles como la de “Flaca”. Las palabras del Salmón y la gratitud más sentida expresó su devoción por la ciudad en lo extenso de tantos años. “Me estás atrapando otra vez” y “Sin documentos”, extasiaron al público coronando una noche  memorable.

  Al ritmo del pasodoble que suena en las corridas de toros, Calamaro tomó su Capote de Brega, paño rosa con el que se gira a los toros, en un amoroso vaivén con el público rosario. ‘Cómo cantor’ y como leyenda, de rodillas besó el escenario. Sin gafas, ni gorra, sin ocultase y con su sonrisa más genuina recibió los últimos aplausos. Empuñando la ‘honestidad brutal’ como estandarte, El Salmón permanece fiel a su propia dirección y sin librar nada al azar. “Mick Jagger cuando duerme sueña con Rosario”, tampoco fue un cumplido ni una frase complaciente. Calamaro sabe por qué lo dijo.

 

Lucas Rivero