Ángela Torres en Rosario: Favorita, Friki y antiheroína

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La artista conquistó nuevamente a su público con un Sold Out en L2 Arena. Poco más de una hora y veinte fueron más que suficientes para lucirse en una sublime catarsis con una puesta fuera de lo predecible.

 ‘Olvidarte nunca fue una opción’, rezaban los miles de carteles de los jóvenes que colmaron de extremo a extremo La Segunda Seguros Arena. Desde su génesis, continuando el trayecto con Simona, en un quiebre hacia una exploración más personal en búsqueda de su propio estilo, sus seguidores más fieles presenciaron ‘la vida rosa’ de ‘la niña de fuego’, que ante las secuelas emocionales de una relación tormentosa se permitió mostrar su costado mas puro, visceral y genuino, vociferando sus lamentos, exponiendo su vulnerablidifad para que que desde allí mane un hecho artístico como el que se presenció en el Arena. El público fue hecho a medida del espectáculo, acompañando con silencios cómplices, alzando sus voces para cantar al unísono, o soltando susurros en otras piezas que requerían un estado contemplativo más acentuado. Hubo momentos para ponerse de pie y también para bailar al ritmo del electro pop. Desde el primer instante se pudo percibir una puesta mucho más ambiciosa que la del año anterior.

  La artista no se privó de nada para una versión resignificada y superlativa de ésta ‘tragicomedia musical entre tacos y lagrimas’, que rehúye al concepto del recital estándar. La parafernalia incluyó ésta vez ávidos músicos que iban tomando protagonismo entre canción y canción, bailarines que portaban un look clásico con camisa blanca. Dos particularidades acapararon la escena. Al extremo derecho frente al escenario se formaba una colina de pradera verde que se hubiese lucido mucho más si su desembocadura hubiese sido un piano de cola negro. Al otro extremo, una enorme escalera blanca laqueada con un círculo hacia adentro que tomaba diferentes movimientos en lo extenso del show. La inmensa pantalla de fondo no solo ilustró de forma acertada con pinturas estilo Van Gogh sino que exploró otros giros en materia visual, como flashes de películas románticas de todos los tiempos durante “Vértigo”. El espectáculo fue planteado como una pintura que no admite corset de ninguna vanguardia. En cada canción la estética fue mutando más allá de las luces, en sintonía con un setlist seleccionado meticulosamente en cada trazo.

  Ángela Torres nunca precisó la bendición de ningún artista. Ni de Rosalía, ni de la comunidad stream, mucho menos de su descendencia, sino la del público y la de si misma. ‘Armonizó y devoró’ y un poco más. Su voz es una de las más privilegiadas entre las cantantes de habla hispana de ésta generación. Una sustancia que toma forma en lo profundidad de cada interpretación amalgamada con trazos escénicos y recorridos coreográficos que plasman visualmente cada tema en directo. Ni súper-pop-star, ni bad bitch, ni mera intérprete solemne y sufrida. Si bien al primer instante se puede percibir en la puesta a una suerte de princesa del bosque que transforma el despojo en encanto, Ángela Torres en el encuentro de una extensa búsqueda simplemente busca ser honesta consigo misma y con su gente si se trata de lo que más le apasiona. Nada lo imposta y todo lo sacrifica sin resignar su esencia. Palpitando su primer Movistar Arena, éste show fue remozado en lo estético, aunque respetando el leit motiv del álbum con el órden habitual de sus temas.

 A las 21:01, haciendo gala de una puntualidad casi prusiana, se escuchó en fade in una melodía con destellos encantados mientras ingresó en penumbras por el fondo del escenario para posarse en lo alto de la verde colina sosteniendo una punta de su vestido color crema. “Placard” la vio inmersa en un óleo viviente creando una figura con delicados matices. Acto seguido, su rostro se proyectó en la pantalla de fondo en un soliloquio como extracto de una audición simulada en el que relució su vena actoral dejando al descubierto el temor al abandono, tema recurrente en sus letras y en todos los espectros de la existencia humana. Luego de “Oops!” siguió “Luz roja”, interpretada con sus cabellos al viento y de rodillas. Abrazada por la ovación de sus admiradores culminó con una danza en cámara lenta bañada en la luz estroboscópica. “¿Hay alguien enamorado?”, indagó con sagacidad. Ante la fervorosa respuesta afirmativa del público rosarino realizó una movilizante versión de “Vértigo”, en la que hizo volar su vestido en repetidos giros, emanando las endorfinas propias de un estado de enamoramiento con resonancias adolescentes.

  El público se puso de pie y  así permaneció a lo largo del show con “No me olvides”. Los bailarines se acoplaron al ritmo de la balada electro. La artista agradeció emocionada la fan-action con los carteles sostenidos con la frase ‘olvidarte nunca fue una opción’. “Yo tampoco los voy a olvidar nunca”, respondió conmovida. La reciente “Torpe”, fue una de las más celebradas de la noche con su frescura pop y el estribillo final en resonancia directa a “Cuando calienta el sol”. “No llegué hasta acá pidiendo do permiso”, expresó en pantallas con diferentes connotaciones como parte de otro video casting que sirvió de interfaz al momento más íntimo del show. “Me están haciendo muy feliz. Tengo el corazón empachado de amor en éste momento”, expresó Ángela. Posada en la escalera blanca al centro del escenario desplegó su fuerza vocal en “La niña de fuego”, pieza que interpretaba su abuela, la legendaria Lolita Torres. “Me gusta siempre sentirla cerca y cantarla”, afirmó dejando al descubierto su costado personal más entrañable. Los matices flamencos y los pasajes melódicos permitieron lucir diferentes colores de sus voz. Acompañada por Casiello en guitarra, recorrió la escena con un revestimiento acústico de “AWCH”.

  Su avidez para apropiarse y revalorizar clásicos inoxidables es evidente y llevada a cabo con suma maestría. No es nada simple meterse con un tema de Valeria Lynch, máxime si es en el mismo tono. Ella lo logra con “Que ganas de no verte nunca más” en un escenario teñido de rojo. Del mismo modo con “La gata bajo la lluvia” de Rocío Durcal y con “Lloviendo estrellas” de Cristian Castro en un guiño electropop. El momento más sublime de la noche aterrizó con una versión de la reciente “Mi nombre” a solas con Heidi en piano, seguida de una exquisita interpretación instrumental en xilofón y piano de la mixtura entre “Oops” y “Friki”. Melodías dibujadas con un soplo de delicadeza oriental. La versatilidad de Ángela Torres es de tal magnitud que se adecúa de manera impecable a cualquier género musical, también en la cumbia. En lo más alto de un prisma blanco con vestido corto a tono, regaló un fragmento de “Sinvergüenza”, clásico de Emanero. “La vida rosa” y “Friki” envolvieron al público en un bloque pop en el que nadie dejó de bailar y cantar a los gritos.

  El charm de “Demasiado” retomó con la atmósfera sonora del disco. En confianza y complicidad con su gente, la cantante declaró: “No puedo más con éstos tacos”, refiriéndose a sus botas celestes. Despojada de la molestia en sus pies, procedió a una versión a pies descalzos de “La gata bajo la lluvia”. En lo alto de la calina al extremo izquierdo sonaron “Mal” y “Superhéroe”, recibiendo el tema de espaldas. El interludio final la mostró en una catarsis al filo del brote del llanto, aprobando el casting tras mostrar su costado más auténtico. Es un despliegue con su cuerpo de baile sonó ñ“Dondestanmisamigos” inmersa en un VIP simulado al centro de la escena. En un show a punto de culminar los bises estuvieron más que a la altura. Con la sensibilidad en carne viva se escuchó “21 de agosto”, seguida de la ansiada “Favorita”. Los temas pusieron punto final al espectáculo, pero no al vínculo de Ángela Torres con Rosario.

Lucas Rivero